Por Alfredo Ygel
Para LA GACETA - CIUDAD DE MÉXICO
La vida y la obra de la célebre artista mexicana Frida Kahlo me interrogan: ¿cómo pudo Frida transmutar las catástrofes de su vida en pasión por la pintura? ¿Cómo logró con su obra, con su arte, transformar lo real del dolor y el padecimiento del cuerpo en fuerza creativa, en arte y alegría, en placer y erotismo?
En sus casi 200 cuadros, la mayoría autorretratos, Frida se retrata con magistral estilo, pinta en sus cuadros como si fuese su espejo donde plasma su figura de singular belleza. Un espejo donde se mira bella vela el dolor de las cirugías, producto de la poliomielitis de su infancia duplicado en su juventud por el choque donde un tranvía arrolla el autobús donde ella circulaba. Accidente que le produjo numerosas fracturas óseas por el impacto, y haber sido vulnerada por “el pasamanos que me atravesó como la espada a un toro”, como la artista lo describe. Frida queda con su columna vertebral rota en tres lugares, fracturas de clavícula, once fracturas en sus piernas y su pelvis rota en tres sitios. El pasamano de acero le atravesó el abdomen y salió por la vagina. “Perdí mi virginidad” expresa con ácido humor la artista. Este humor que intentaba cubrir el “no hay remedio” que Frida le expresaba a su amado Alejandro, su novio en la juventud con quien estaba en el momento del accidente. En ese dolor Frida le decía más tarde “estoy empezando a acostumbrarme al sufrimiento”.
Lo real del dolor y el amor
Una frase firmada por Diego Rivera expresa: “Frida es el único ejemplo en la historia del arte de alguien que se desgarró el seno y el corazón para decir la verdad biológica de lo que se siente en ellos”. ¿Es lo real del dolor, su cuerpo dañado y el desgarro de su vida aquello que Frida intenta velar y tramitar a través de su obra y su creación artística? Es quizás lo que expresaba el eterno amante de Frida, el hombre con quien se casó, se divorció y se volvió a casar, quien fue el amor de su vida, y aquel que se fue con otras mujeres, incluida su hermana. El hombre que, a su vez, fue dejado por Frida por otros amores, tanto hombres como mujeres, en una vida amorosa plena de encuentros y desencuentros.
En sus imágenes mostraba una naturaleza pasional y femenina. “Pinto mi propia realidad -expresaba la artista-. Lo único que sé es que necesito hacerlo, y siempre pinto lo que se me pasa por la cabeza, sin más consideración”. Frida logra con sus pinturas, sus vestidos y sus adornos elevar el dolor a lo sublime de la creación y el arte, insistiendo en su capacidad sublimatoria.
Frida nos presenta un “saber hacer” con la pintura, los vestidos, los collares, como recubrimiento de la falta. Insiste en recubrir su falta con su producción artística, con su obra. Allí situamos un movimiento sublimatorio, un hacer algo con la nada. Ella manifiesta: “lo único que me queda es la pintura”, “pinto porque necesito hacerlo”. O también “pinto lo que se me pasa por la cabeza”. Ahí es donde se sirve de lo sublimatorio. Al dolor lacerante le opone el recurso a la creación como velo al dolor y el agujero.
Triunfo del arte
Un cuerpo dañado se le presentifica en lo real. Recurre a una imagen que unifique las fracturas que sufrió en vertebras y clavícula por el accidente. Necesita recubrir ese cuerpo fragmentado que se le presenta en lo real del horror. Si de niña recurre a una amiga imaginaria con la que habla y juega en su intento de unificarse ante la afectación por la enfermedad infantil, un nuevo espejo le es necesario construir para velar la reedición de su cuerpo dañado. El desamparo, el desvalimiento, necesita de una imagen que la unifique en el espejo imaginario. Encuentra en la pintura de su imagen aquello que hace de veladura ante lo insoportable del dolor.
Frida supo trasmutar su dolor en obra de arte, las catástrofes de su vida en fuerza creativa, la derrota del cuerpo en triunfo del arte. Posiblemente de allí se desprenda el magnetismo de su presencia y su obra, mostrando un camino que nos sirva a los seres humanos para tramitar el dolor de existir.
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Alfredo Ygel - Psicoanalista. Fue Profesor de grado y posgrado y Director de la Diplomatura en Prácticas del Psicoanálisis en instituciones en la UNT.